¿Otro Guanacaste en el sur?


Édgar Campos Espinoza
ecampos@camposespinoza.com
Abogado

Ha trascendido la noticia acerca de las intenciones de construir un aeropuerto internacional en la zona sur del país, noticia que se complementa con la terminación del tramo de la carretera Dominical-Quepos. Por la trascendencia de ambas obras, conviene analizar qué está pasando en dicha zona geográfica costarricense y agregar al análisis la península de Osa y la zona costera del golfo Dulce.

Desde que la explotación bananera concluyó en la zona sur, muchos han sido los intentos por buscar actividades alternativas, entre ellas la siembra de palma aceitera o el conflictivo Depósito Libre. No obstante, existe un hilo conductor entre la historia de la zona costera del Pacífico central y norte, y lo que constituye ya una triste realidad en el sur: me refiero a la venta de terrenos por nacionales a extranjeros y a la desafortunada carencia de planes de desarrollo local.

En manos foráneas. En no pocas ocasiones hemos escuchado en Guanacaste la historia de muchas familias, otrora propietarias de terrenos con excelentes ubicaciones, que vendieron a “muy buen precio” para dar paso a la actividad hotelera; la mayoría de tales inmuebles pasaron a manos extranjeras y hoy contienen impresionantes e innumerables construcciones; Tamarindo es quizás uno de los mejores ejemplos de ese bum turístico.

Pues bien, aparejado a ese descontrolado desarrollo, comienzan a sentirse los muchos problemas consecuentes: inseguridad, falta de manejo de desechos tanto líquidos como sólidos, aglomeraciones vehiculares y peatonales, falta de agua potable, ventas callejeras, libre distribución de drogas y una larga lista de aterradores efectos originados en la explotación excesiva del suelo.

La amenaza que este desarrollo de cemento significa para los sitios naturales protegidos ha dejado de ser tal para convertirse en sus peores enemigos. Las playas Grande, Langosta, Avellanas, el golfo de Papagayo, etc. son claros ejemplos de este fenómeno, sin mencionar que la pobreza circundante no ha disminuido.

De propietarios a peones. Por ello, cuando se visita el sur del país desde Dominical, pasando por el Parque Marino Ballena, siguiendo hasta la bahía de Drake, Corcovado, todo el litoral de la península de Osa y del golfo Dulce, playa Zancudo, Pavones y Punta Banco, se pregunta uno si el desarrollo turístico que a paso galopante se deja venir sobre la zona será “amigable” con el medio, permitirá a los vecinos de estos lugares pensar en conservar sus tierras antes que venderlas en dólares al mejor postor. La respuesta no puede ser más desalentadora: números en poder del Ministerio del Ambiente y Energía confirman que el 85% de los terrenos litorales del sur están en manos de extranjeros ante la creciente demanda por la venidera actividad turística intensiva; sus antiguos propietarios, agricultores en su mayoría, a falta de una adecuada preparación para manejar el producto de sus ventas, en muchos casos trabajan ahora como peones, para sus propios compradores, en sus antiguas fincas.

Los costarricenses nos jactamos de ser un país comprometido con la conservación de los recursos naturales; el desarme mundial, la producción de plasma como combustible en el espacio, nos ponen en el centro de la atención internacional; pero yo preferiría un mayor compromiso con la conservación de un sitio que reviste una capital importancia para el desarrollo turístico del país como uno de los pocos bastiones naturales que nos quedan.

El desarrollo del sur es inminente, pero otro Guanacaste allá, no, muchas gracias, así no.

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